Parece que la suerte no ha estado del todo de lado del grupo “Constructores del Segundo Piso de la Cuarta Transformación”. Desde las primeras reuniones del año pasado, presentadas como un ejercicio de pluralidad, han enfrentado duros señalamientos por permitir la participación de figuras vinculadas al priismo local. Entre ellas destacan personajes cercanos al exgobernador Ángel Aguirre Rivero, cuya administración colapso al explotarle en las manos la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
Pese a esos altibajos, se comprometieron a erigir una
estructura organizativa paralela al partido en el poder (Morena); abocada
exclusivamente en respaldar a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y sus
principales políticas públicas. La articulación de ese apoyo alterno giro
principalmente en torno a dos actores políticos nacionales: Héctor Ulises
García Nieto, que se había desempeñado como delegado de la campaña presidencial
de 2024 en Guerrero; y Alfonso Ramírez Cuéllar, muy ligado a los círculos de
Palacio Nacional.
La propuesta no carecía de lógica: formar una red de apoyo
más allá de Morena para sumar a ciudadanos sin filiación partidista, que quizá
no quisieran integrarse al partido, pero compartieran la visión de país y el
estilo personal de gobernar de la presidenta CSP. La estrategia era muy concreta:
la creación de comités municipales y seccionales —algo muy acertado porque se planteó
antes de que esos órganos quedaran recogidos en los estatutos de Morena— lo que
despertó tanto interés que llegó a especularse con que, en realidad, se estaba
gestando un nuevo partido ante una posible ruptura con el expresidente AMLO.
Las críticas persistentes de sus adversarios convirtieron
aquella promesa en otra de esas ideas geniales de la política que nunca llegan
a concretarse. En lugar de mantenerse cohesionados, retrocedieron y eligieron
dispersarse para aminorar la fuerza y el alcance de la ofensiva mediática
dirigida directamente contra ellos. Así, se llegó a la conclusión de que el
grupo emergente, en los hechos, nunca mostró signos reales de vida ya que no
tuvieron la oportunidad de mostrar el músculo de su potencial político.
Cada uno de los integrantes más representativos optaron por abrirse
paso con su propio camino:
Beatriz Mojica centró su impulso en las actividades del Senado de la República,
dando un nuevo impulso a la causa afrodescendiente, participando en la
conformación de los comités seccionales de Morena, organizando festejos de fin
de año y rindiendo su informe legislativo, entre otras actividades.
Rogelio Ortega se ha hecho presente en los medios, se acercó a distintas
organizaciones sociales, ha publicado libros para fortalecer su perfil
académico y ha impulsado la imagen del “Tigre” como marca política.
Mario Moreno, fiel a su lema “sigo caminando”, continuó recorriendo municipios
de las ocho regiones del estado, aunque con un protagonismo de más a menos y visiblemente
incómodo por la necesidad de aclarar de manera recurrente la intención de
afiliarse a Morena, ante las evidentes expresiones de rechazo de un amplio
sector de dirigentes y militantes.
Y, Alberto López Rosas, que públicamente expresó en este año su deseo de
competir por la candidatura de gobernador en Morena, mantiene en los hechos un
rol más simbólico y testimonial que de competencia real.
Como los resultados de las encuestas (Demoscopia,
Gobernarte, etc.) siguen colocando al partido en el poder, en la preferencia
ciudadana; el 2026 es el año clave de la sucesión gubernamental en Guerrero y
los resultados que obtengan en el 2027 serán producto de las decisiones que
tomen en éste; los aspirantes y sus equipos lo saben, por tanto, no hay tiempo
que perder.
Y, ese grupo que se daba por acabado reaparece,
desempolvando la misma agenda: reiterar la consigna de “respaldar a la
presidenta Claudia Sheinbaum Pardo”. El primer tropiezo, es que lo presentan
como una iniciativa inédita, cuando en realidad se conformó el año pasado y durante
todo ese tiempo no han logrado cuajar territorialmente; el segundo, es la insistencia
en mantener a Héctor Ulises García Nieto y Alfonso Ramírez Cuellar (aunque éste
no estuvo en la última reunión) como ejes centrales, pese a que su encargo como
delegado finalizó con la campaña presidencial de 2024.
La reaparición conjunta del grupo desató una reacción airada
dentro y fuera de Morena. Se redoblan las mismas críticas sobre supuestos
vínculos con el PRI y con el exgobernador Ángel Aguirre —a quien acusan de
orquestar un intento por frenar las aspiraciones del senador Félix Salgado
Macedonio—. A pesar de las aclaraciones, resurge la narrativa de 2021: habría
un plan sistemático para impedir a toda costa que su nombre aparezca en la
boleta como candidato a la gubernatura de Guerrero. Paradójicamente, esa polémica
eleva su perfil y lo consolida como el rival a vencer.
Hasta ahora, la dirigencia estatal de Morena se había
mostrado demasiado débil para imponer su liderazgo y lograr que los aspirantes
respetaran los tiempos del partido y la ley electoral. Sin embargo, por primera
vez se le ve tratando de poner orden y aplacar el ímpetu de los aspirantes, al
declarar públicamente que está prohibida la formación de grupos o corrientes
internas —algo que, resulta contradictorio pues la política siempre ha girado alrededor
de grupos porque tiene que ver con personas—. Acto seguido, pidió a la jefa de
Gobierno de la Ciudad de México (Clara Brugada) que revise la actuación del
secretario de Movilidad, quien aprovecha los fines de semana para visitar
Guerrero y organizar reuniones, anunciando de dónde saldrán los aspirantes a la
elección de 2027, tanto para la gubernatura como para otros cargos que se
someterán a las urnas.
Frente a este duro revés, el grupo renacido dispone de tres
alternativas: mantenerse unido y acatar la institucionalidad partidista;
redoblar su activismo ignorando cualquier restricción de la dirigencia; o,
finalmente bajar el telón para disolverse, en definitiva.
Superar el estigma que en la percepción mediática se les ha
construido, es indispensable dejar claro que no existen para frenar u
obstaculizar las aspiraciones políticas de nadie, sino competir de manera abierta
y legítima conforme a las reglas estatutarias del partido, sin intenciones de
debilitar a la dirigencia o descarrilar el proceso interno. De no ser así, las
sombras de los demonios del pasado los arrastrará a lo más profundo de los
infiernos.

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